Inicia un nuevo semestre del curso Pensamiento Creativo, y algunas de las recomendaciones que discuto con mis estudiantes son conceptos, premisas y marcos de referencia que sabemos —o creemos saber— incluso desde la niñez, pero que olvidamos a medida que crecemos y la vida se vuelve lo que es:
Todas las personas somos creativas. Muestra de ello es que resolvemos problemas todos los días. Vamos buscando recursos entre lo que conocemos, lo que no conocemos y lo que sabemos que no funciona, para probar soluciones o incluso intentar cosas nuevas.
Ser creativo parece implicar una sensibilidad distinta, aunque lo que realmente activa esa sensibilidad es observar mejor. Haz este ejercicio: si todos los días buscas capturar un tipo de imagen, tu mente y tu forma de ver el mundo se acostumbran a detectar ciertos patrones que te ayudan a encontrar aquello que quieres plasmar en tu fotografía. Así ocurre con la sensibilidad para aproximarse a lo que queremos entender mejor.
Parece que todo estuviera inventado, y la mala noticia es que posiblemente sea así. Sin embargo, la creatividad se nutre de las expresiones individuales. Usamos lo que existe para hacer nuevas aproximaciones, sí, pero imprimimos una versión propia, una perspectiva acorde a lo que somos.
La creatividad es lo que leemos, vemos, escuchamos, conversamos, percibimos, probamos, experimentamos. Como ocurre con un niño que apenas está conociendo el mundo, mantener el espíritu explorador y aventurero nutre la información y le da estructura a las nuevas ideas.
Tal vez solo haya que activar una de estas palancas y dejar que la creatividad vaya surgiendo.
